Aprender a gobernar con Gustave Thibon (I)

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Gustave Thibon nació en Saint-Marcel-d’Ardèche el 2 de septiembre de 1903, y falleció en ese mismo lugar el 19 de enero de 2001. Conocido como el filósofo-granjero, su obra burbujea con sentido común.

Al igual que Gabriel Marcel, Thibon trabajó para la rehabilitación de esa facultad, tan escasa, de discernir entre lo verdadero y lo falso. Aunque Descartes considera en El Discurso del Método que es la cosa mejor repartida del mundo, basta conocer a unos cuantos seres humanos para verificar que el asesor de la reina Cristina de Suecia se equivocó gravemente.

Muchas enseñanzas de Thibon son de utilidad para quienes se mueven en mundos corporativos públicos o privados. Él reivindicaba la importancia de los lugares comunes, como hontanares en los que encontrar anclajes para la existencia. Calificaba como tales desde el ágora de Atenas, el hogar, la patria o la iglesia. Consideraba que la primera obligación de un pensador es desempolvar las primeras verdades.

Su aproximación a la realidad es contraria a los hegelianos y sus secuaces, incluidos los autores de inspiración marxista, para quienes la única verdad es lo que en este momento puntual interesa definir como tal. Ese pragmatismo convierte las relaciones humanas en una mentira institucionalizada. Pobres las instituciones públicas o privadas que viven en medio de esas presuntas verdades que son en realidad ficciones colectivamente asumidas. 

Thibon reclama claridad. Entiende que aquello que no se puede explicar con sencillez es probable que ni el propio expositor lo entienda. Confesaba que su mayor título de gloria era las veces en que personas normales se le habían acercado para comentarle:

            -Lo que Vd. enseña yo ya lo sabía, pero ignoraba que lo conocía.

En una de sus egregias obras –El equilibrio y la armonía– detallaba que por la primera palabra entendía “el estado de un cuerpo solicitado por varias fuerzas que se anulan”. Por la segunda, “la unidad de una multiplicidad, es decir, un género particular de orden que consiste en que las diferentes partes o funciones de un ser no se oponen, sino que concurren a un mismo efecto de conjunto”. Resumía que el equilibrio hace fundamental referencia a la cantidad, el peso o las relaciones de fuerzas, mientras que la armonía explicita el compromiso con el estilo, la convergencia de las cualidades respecto a determinado bien común. Su objetivo proclamado era restaurar un orden vivo gracias a la armonía.

Reclama que se atienda a lo esencial. Partiendo de un ingreso en un hospital a causa de un accidente hace referencia al gran interés que todos prestamos a los galenos y el poco que solemos conceder a quienes son cirujanos del alma. En el corto plazo los primeros pueden ser esenciales, pero en el medio y el largo los segundos son imprescindibles para disfrutar la vida y no limitarse a durar. Explicita que “el espíritu subalimentado puede hacerse la ilusión de estar en plena salud, pero las exigencias de un cuerpo que desfallece son tan evidentes como imperiosas”. Propone la aguda pregunta de Juan Bautista Vianney, el cura de Ars, a uno de sus fieles, descuidado en los intangibles del espíritu:

            -Vamos, señor, ¿no quiere tener usted piedad de su alma?

En referencia explícita al mundo económico, Thibon comenta que quien centra las razones de su existencia en la labor profesional o en otras distracciones que el devenir nos genera corre el riesgo, en caso de enfermedad o despido, de yacer en estado de caquexia espiritual, convirtiendo su existencia en algo desaborido. Con frase lustrosa propone que “el exceso del tener se compensa con la anemia del ser”.

Cuando se profundiza en los cimientos, se evita la gran tentación de lo efímero, cuya tiranía se manifiesta de múltiples formas. Una muy específica, la esclavitud que impone año tras año, temporada tras temporada, la moda. No sólo la de la ropa, sino la de los automóviles, la del estilo de veraneo o el restaurante al que es preciso acudir, porque se considera imprescindible conocerlo. Se alinea, en este punto, con la denuncia de Séneca: muchos mutantur non in melius, sed in aliud, no indagan para lograr algo mejor, sino sencillamente nuevo.

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